Reportaje

Separar a ciegas no sirve para reciclar (y molesta)

España se ha incorporado tarde a la recuperación de residuos, aunque avanza deprisa - La falta de información y de recursos lastran la evolución - Distinguir mal es peor que no hacerlo

Madrid, España, 21 de octubre del 2009.- La planta de clasificación de envases de Amorebieta (Vizcaya) es pionera en España. Comenzó a construirse en 1997, cuando prácticamente el único reciclaje que se hacía era el retorno de envases de vidrio por motivos económicos y algo de papel. Ese año apenas se recuperaron envases plásticos; en 2008, 92 plantas clasificaron 1.3 millones de toneladas, de las que se recicló algo más del 60%.

Aunque sigue habiendo retraso respecto a los países del entorno europeo en tasas de reciclado (porcentaje de recuperación sobre el total de productos que sale al mercado), no se pueden obviar los avances: en 2004, para el vidrio, la tasa española era del 41%, 25 puntos por debajo de la media del entorno. En 2007 esa cifra se había elevado al 56% y la distancia con la media se había reducido a 14 puntos. La cultura del reciclado llegó a España con retraso, pero ahora toca (y se está haciendo, aunque persisten dificultades) recuperar el tiempo perdido.

En Amorebieta entran cada día 14 camiones cargados con alrededor de 1.25 toneladas (el contenido de alrededor de 85 bidones amarillos). Descargan su contenido en un rincón de la nave donde se amontonan a la espera de entrar en la gigantesca maquinaria en la que son separados en seis tipos de materiales diferentes (plásticos PET -el de las botellas de agua- y PEAD -el de los envases de detergente-, briks, aluminio, acero -latas-, y film). Desde el terminator, la máquina que abre las bolsas para desparramar su contenido, a un último cribado manual, los envases viajan en cintas transportadoras con hasta cinco modos diferentes de clasificación, uno de ellos mediante selección óptica por infrarrojos, y separados según su volumen, peso, densidad o rodaje.

A pesar de los mecanismos, cada vez más sofisticados, los plásticos son los materiales más difíciles y caros de reciclar. En 2007 la tasa de reciclado de este material fue del 19%, la más baja de los residuos sólidos urbanos procedentes de recogida selectiva. Pero, ¿por qué está España por debajo de otros países? Cuando se pregunta a la gente, la mayoría asegura que recicla (el 83%, según los datos más recientes del Instituto Nacional de Estadística), pero los datos chirrían: aparte de lo dicho sobre los plásticos, en 2007 se recicló un 56% del vidrio, 64% del papel y cartón, 70% de las latas y 41% de los briks. Poco para tal porcentaje de gente recicladora.

Sin cuestionar la sinceridad de cada uno, el sistema denota fallos: cultura de reciclado, educación o infraestructuras y servicios. Son necesarios cambios para que España consiga despegar en este campo, clave en la lucha contra el cambio climático. Por poner algunos ejemplos, una tonelada de papel recuperado salva 17 árboles y, con los envases recuperados en 2008, se ahorró tanta agua como la que necesitan 500,000 personas para vivir durante un año y se dejó de emitir a la atmósfera casi un millón de toneladas de CO2.

Ana Rodríguez Cruz, subdirectora general del área de Residuos y Consumo Sostenible del Ministerio de Medio Ambiente, Rural y Marino, es consciente de los fallos del sistema y habla de un proceso lento al que España ha podido llegar con retraso. "Creo que las tasas no son altas, pueden serlo bastante más con un esfuerzo relativamente pequeño, porque tenemos infraestructura para poder poner en marcha sistemas más eficientes". Rodríguez aboga por dos líneas: "Mejorar los criterios por los que los ciudadanos se comprometen a separar y que los municipios entiendan mejor por qué les conviene hacer la recogida selectiva; es necesario que tomen un mayor compromiso".

La falta de información es manifiesta. Pocos saben que un vaso de cristal no puede ir al contenedor de vidrio o que el contenedor amarillo sólo admite plásticos provenientes de envases. José Aguado, catedrático de Química Orgánica de la Universidad Carlos III de Madrid, es claro: "Ante la duda, al contenedor gris". Todos esos residuos que van a parar al contenedor equivocado son los "impropios" o "rechazos", culpables en parte de lastrar la evolución del reciclado en nuestro país. "No es sólo porque encarece el proceso, sino porque contamina el resto de residuos y provoca que el material resultante sea de peor calidad", dice Aguado. Esto tiene que ver con la educación ciudadana a la hora de separar. Rodríguez reconoce que, en la información, a veces "se ofrecen esquemas que pueden resultar engañosos. Habría que abundar más en la difusión. Se puede mejorar mucho y la única manera de hacerlo es con información".

Según Ecoembes (la asociación que gestiona el procesado de envases, papel y cartón), el 25% de lo que se deposita en los contenedores amarillos es impropio. En los casos del vidrio y del papel los impropios son mucho menores: 3% según Ecovidrio y 5% en papel y cartón, de nuevo según Ecoembes. Pero hay que tener en cuenta cantidad y calidad. Un papel engrasado o una botella de cristal que contuvo un producto corrosivo mermarán la calidad del producto tras el reciclado.

En cualquier caso, cuando uno ve las montañas de basura que llegan a la planta de Amorebieta se da cuenta de lo importante que es separar bien. Unai Urrutia, director de la Diputación de Vizcaya en la planta (que la gestiona a medias con una empresa privada), alerta también de este punto: "Nos llegan, por ejemplo, muchas cintas de vídeo, y la banda que tienen por dentro, que además es metálica, se engancha en las máquinas y paraliza todo el sistema". Los trabajadores, el último eslabón de la cadena antes de almacenarlo todo en grandes cubos compactos, también son muy conscientes de lo que suponen los impropios. "La gente recicla mal", dice una empleada de la planta mientras echa mecánicamente a un lado botellas y a otro briks en la última parte de la inmensa maquinaria, "llegan muchos impropios que ralentizan el sistema". Sorprende que no lleven mascarillas ni cascos, y tan sólo uno de cinco lleva auriculares pese al fuerte ruido. A partir de esta última clasificación saldrán seis tipos de fardos camino a su reciclaje.

Junto a la planta de clasificación hay otra de tratamiento de film (bolsas de plástico). Ahí, todos los fardos de ese tipo que salen de la nave contigua, más otros muchos de varias plantas de clasificación del norte peninsular, son convertidos en granza: pequeñas piezas con forma de lenteja que servirán para fabricar tuberías, suelos y otros productos. Desde la dirección de la planta explican que esta materia prima es de calidad limitada porque llega sucia, y que nada de esto se vende en España: "Exportamos a Alemania, Bélgica, Portugal e Inglaterra".

Es complicado saber qué tipo de plásticos pueden o no depositarse en el contenedor y tampoco es fácil (ni siquiera para Rodríguez) conocer qué puede ir al contenedor verde. En esta línea, algunos expertos y varias ciudades estadounidenses han comenzado a promover el single stream recycling, un nuevo sistema por el cual todo lo susceptible de ser reciclado se deposita en el mismo bidón, y son las plantas las que se encargan de separarlo. En España, todas las fuentes consultadas opinan que lo mejor es separar en origen. Pero habría que reparar en un dato. En 2007, de los 23.6 millones de toneladas de basura que se recogieron -según el Ministerio de Medio Ambiente, Rural y Marino (MARM)- poco más del 10% (2.7 millones de toneladas) provenía de los contenedores selectivos. El INE dio ayer sus datos, algo más altos, que cifran en 28.2 los millones de toneladas (493 kilos per cápita) y 6.4 (22.3%) los recogidos selectivamente.

Sobre los datos, además, hay que aclarar cómo se portan las regiones, ya que Cataluña, con casi un millón menos de habitantes que Andalucía, vertió en los contenedores selectivos casi el triple de basura, según el MARM. Otro ejemplo; en Navarra, con la mitad de población que Murcia, sus habitantes tiran a los contenedores selectivos prácticamente el doble de basura. Rodríguez aboga por la implicación de las Administraciones de una manera concreta: con recursos humanos. "Los residuos venden mal, venden muy bien los espectáculos, pero lo que tiene que vender es en la gestión de recursos a personal. Hay infraestructuras, apostamos por hacer más eficientes las que existen, pero yo creo que el tema es tener recursos humanos para hacer seguimiento en las comunidades".

Los ayuntamientos reciben dinero de los Sistemas Integrados de Gestión (SIG) -Ecoembes, Ecovidrio o Ambilamp de bombillas- para gestionar la recogida selectiva. Para garantizar que se hace una buena gestión (es conocido el rumor de que los camiones recogen los distintos bidones pero luego mezclan los contenidos), Ecoembes espía a los ayuntamientos siguiendo las rutas para controlar que recogida y transporte se realizan correctamente. Ecovidrio asegura que los informes de entrada y salida de productos en las diferentes etapas permiten llevar un control de lo que ocurre. José Aguado cree que el rumor no es más que eso, alimentado "porque muchos ayuntamientos utilizan los mismos camiones para recoger distintos tipos de residuos".

Los Sistemas Integrados de Gestión, a su vez, están creados siguiendo el principio de "quien contamina paga": las empresas están obligadas a asegurarse de que sus productos siguen el camino correcto, para ello pagan a estas asociaciones por el futuro reciclado del producto, que es trasladado al consumidor. Estos costes son de 0,06 euros por un móvil o 0.40 por la torre del ordenador.

Informar al ciudadano y mejorar el servicio son vitales para alcanzar las cotas europeas de reciclado. Leticia Bacelga, responsable de residuos de Ecologistas en Acción, cree en las labores de información como herramienta para "conseguir la eficiencia" pero aboga por "la tendencia europea, que es la recogida puerta a puerta de los diferentes residuos según el día; así se quitan los contenedores y es más eficaz". Este motivo cobra más sentido si se atiende a la principal razón, según el INE, de que los ciudadanos no separen más residuos: la falta de infraestructuras cercanas.

A pesar de todo, el mejor sistema para luchar contra los residuos es uno: no generarlos. Rodríguez insta a cambiar la cultura de residuos con una visita: "Yo recomiendo a todo el mundo que vaya a ver un vertedero; hay que ser consciente de que cada decisión determina una tasa de generación de basura, cada decisión puede ser una bolsa menos". Comprar a granel y envases lo más grande posible son dos formas eficaces de prevenir residuos.

Precisamente la prevención es uno de los focos que centran la directiva europea de residuos aprobada en diciembre de 2008 (2008/08/CE), que España debe trasponer antes del fin de 2010. La nueva normativa ordena la creación de una política de ecodiseño, que use materiales y formas que pongan en el mercado productos duraderos, reutilizables y reciclables. Además, obliga a los países a tener programas de prevención de residuos en 2013 e insta a los Estados miembros a impulsar la recogida de biorresiduos de forma separada, para mejorar la calidad del compostaje.

Aciertos y errores

- Vidrio y cristal no son lo mismo. Al contenedor verde deben ir los envases, frascos y botellas de vidrio, siempre sin el tapón. No se pueden tirar vasos o copas ni ningún otro artículo de cristal (jarrones, bandejas, ventanas...) y especialmente nada de cerámica. Tampoco pueden tirarse al bidón verde frascos de medicamentos o los que hayan albergado productos corrosivos. Es importante enjuagar antes de tirar.

- El contenedor amarillo no es para plásticos, es para envases. En realidad es el bidón para los envases (de lata, plástico y briks) y para las bolsas de plástico, pero no para ningún otro artículo plástico. Un error frecuente son las cintas de VHS, que además estropean las maquinarias.

- Papel limpio y sin mezclar. Los papeles deben ir sin manchas de grasa ni otros materiales; por lo tanto, no pueden tirarse briks, sobres con ventana o pañales.

Fuente: El País

Cementerio de barcos y hombres

ANA GABRIELA ROJAS 27/09/2009
Cuando los grandes buques realizan su último viaje, ponen rumbo a playas del sur de Asia. Allí, miles de hombres arriesgan su vida para desmantelar a los colosos con sus propias manos.
Toda dimensión humana se pierde. Personas diminutas caminan entre cientos de colosos de acero que están varados en la playa. Algunos sólo parecen descansar, otros ya están siendo diseccionados y exponen sus vísceras metálicas al aire. Son los barcos cargueros, superpetroleros y cruceros de pasajeros que han surcado los océanos. Han terminado su vida útil y han hecho su último viaje hasta estas playas del sur de Asia. Los buques -algunos tan grandes que tienen más de 300 metros de longitud- son embarrancados contra la playa. Entonces, cientos de trabajadores, que parecen sólo un enjambre de insectos comparados con los leviatanes, llegan por el preciado esqueleto, que está constituido por miles de toneladas de acero.
Primero se recuperan los objetos valiosos de dentro del barco y se quitan los motores. Después, los trabajadores más altos en la jerarquía, los cortadores, separan con un soplete trozos del cadáver del titán. Los restos más grandes son arrastrados hacia la arena con ayuda de cables y los cabrestantes que los barcos usaban en alta mar para levar sus anclas. Sopletes y grúas son la única tecnología usada en el proceso.


Los trabajadores acarrean en sus hombros las planchas de acero, pesadísimas y a veces todavía calientes por los cortes. Con caras curtidas por la resignación de una vida sin futuro, se mueven como autómatas. Con un calor sofocante, caminan entre las moles de acero lo más lentamente posible, pero sin parar para no irritar a los capataces que se esconden bajo sombrillas. Los obreros llevan estos trozos de esqueleto metálico a los camiones que los transportarán a las plantas que harán de ellos varillas para la construcción. Así pasan hasta 16 horas al día.
Hay muchos riesgos de accidentes, como la explosión que a Prakash Sing le dejó una cicatriz en la cara. "Es una vida horrible. Tal vez hubiera tenido más suerte si hubiera muerto en vez de seguir viviendo en estas condiciones", lamenta. La muerte es una visita frecuente. Él cree haber visto morir a más de 200 personas -incluidos varios amigos-. Por ello, las placas que se ven constantemente por los desguazaderos provocan asco: "La seguridad es lo primero", rezan.
Muchos de estos obreros, a los que la piel se les pega en los huesos, van descalzos y sin mucha más ropa que una simple tela amarrada a su cintura a modo de falda llamada dhoti. Algunos de ellos son sólo niños: en Bangladesh, hasta una quinta parte podrían ser menores de 15 años, según un informe reciente de varias ONG.
Este método para desmantelar barcos de los países del sur de Asia es conocido en inglés como beaching, por que se hace directamente en la playa. "Es el más barato económicamente, pero, a la vez, el más costoso para las vidas y para el medio ambiente", denuncia Jim Puckett, director de la ONG BAN, que aboga por la aplicación del Convenio de Basilea, que prohíbe la exportación de residuos peligrosos a países pobres.
Los dueños de los buques, la mayoría de los países ricos, están "externalizando sus costos": evadiendo su responsabilidad de pagar por tratar apropiadamente las sustancias tóxicas que contienen. Con el desmantelamiento en la playa es imposible evitar que los residuos queden en las costas. La absoluta mayoría de toneladas y toneladas de desechos de cada barco no es correctamente tratada o es quemada a cielo abierto. Además, están exponiendo a estos trabajadores a la muerte, por accidentes o por contacto con sustancias peligrosas. "Es un acto criminal", repite incansablemente Puckett. Por ello, las ONG piden por todos los medios que los desguazaderos se vayan "fuera de la playa".


Ahora están muy dentro: a los cementerios de barcos en las playas de la India y Bangladesh llega más del 80% de los buques que dejan de cruzar los mares cada año. En 2008 fueron 456, según el informe de la ONG Robin des Bois; de ellos, 194 en la India y 182 en Bangladesh. Y es que exportar desechos tóxicos a estos países es un buen negocio. Aun con la bajada de los precios de los metales, los dueños de los buques reciben -según precios de julio- entre 250 y 300 dólares por tonelada de buque vacío. Una buena cantidad si se multiplica por los entre 5.000 y 40.000 toneladas que pesa un barco y si se toma en cuenta que se están evadiendo los costes de deshacerse correctamente de los materiales peligrosos.
Los dueños de los desguazaderos también ganan con la venta del acero, que va sobre todo a la construcción. Bangladesh obtiene así hasta el 80% de su acero, y la India, el 15%. Los Gobiernos de estos países ganan de los impuestos. Además, hay todo un mercado de segunda mano con todo lo que viene en los barcos, que son verdaderos edificios flotantes. Cerca de las playas se extienden por kilómetros tiendas que venden desde chalecos salvavidas, lanchas inflables, equipos de submarinismo, hasta timones, escotillas, brújulas o GPS. También se consiguen las cocinas o las sábanas, toallas y vajillas de los cruceros aún con el nombre impreso.
Todo el mundo gana: a excepción de los trabajadores y del medio ambiente. "La industria de desguazar barcos ha ido cambiando de países siempre con un patrón: cada vez a países menos desarrollados en donde pagan menos sueldo, existe menos organización y protección laboral, así como leyes más laxas de protección del ambiente", explica Federico Demaria, que estudia los desguazaderos de la India como parte de su doctorado en Economía Ecológica en la Universidad Autónoma de Barcelona.
La industria de desguazar barcos se desarrolló en Estados Unidos, Reino Unido y Japón durante la II Guerra Mundial debido al gran número de barcos dañados. En los sesenta se fue a los países menos industrializados de ese entonces, como España, Italia y Turquía. En los setenta se estableció en Asia, en Taiwan y Corea del Sur. A principio de los ochenta floreció en China, donde ha ido menguando para tomar fuerza en Bangladesh, la India y Pakistán.


El Parlamento Europeo condenó este año el desmantelamiento de los barcos en las playas. El año pasado, un 39% de los barcos que se desguazaron ondeaba una bandera europea o de los miembros de la Asociación Europea de Libre Comercio (EFTA, por sus siglas en inglés), según la ONG Robin des Bois. "A pesar del trabajo de la Comisión Europea de definir su papel verde en mejores prácticas de desmantelación de barcos, los dueños de barcos no parecen estar interesados en las condiciones de trabajo, seguridad y medio ambiente en los desguazaderos de Asia", denuncian.
España no es la excepción: en lo que va de año, esta ONG ha detectado siete buques con bandera española o con dueños españoles que han sido desmantelados en las costas del sur de Asia. Sin contar los que han cambiado de bandera o los que su último puerto fue España. Todos lo hacen de manera silenciosa. Aunque en 2007 el ferry Beni Ansar demostró la tozudez de la ley del mar. Aunque el Ministerio de Medio Ambiente intentó evitar el desguace de este ferry reteniéndolo en Almería, el barco escapó con engaños de que sería reparado en Rumania. Terminó sus días a manos de trabajadores indios. Y sus residuos tóxicos, en el Índico.
El de Beni Ansar, que en tres meses cambió de nombre y de bandera cinco veces, es un ejemplo clásico de cómo los barcos logran evadir los convenios internacionales. Aunque según Basilea está prohibido exportar residuos, los navieros han tomado la excusa de que un barco que se mueve por sí mismo no es basura. "En aguas internacionales es muy fácil esquivar responsabilidades: se sale de los puertos diciendo que van por reparaciones, los venden a dueños más pequeños, cambian la bandera, el seguro y toda la información para no poder ser rastreados". Así explica cómo tantos barcos llegan a estos desguazaderos Ingvild Jenssen, directora de Platform on Shipbreaking, una coalición global de ONG que trabaja en este problema.
Las banderas de conveniencia -de países diferentes a la residencia de los dueños- son especialmente útiles para los barcos que van a hacer su último viaje. Por ejemplo, hay demasiados barcos que van a "morir" bajo las banderas de Mongolia (que no tiene costa), Tuvalu (una isla polinesia de 26 kilómetros cuadrados) o San Cristóbal y Nieves (el país más pequeño del continente americano, en las Antillas). Estas banderas incluso ofrecen descuentos para registrar a los barcos que van a dejar de existir.
"Los países occidentales, sobre todo Europa, deberían ser juzgados por la complicidad e indulgencia de poner en peligro las vidas de los trabajadores y el medio ambiente de Alang y Chittagong", acusa Gopal Krishna, que ha hecho varias peticiones ante el Tribunal Supremo en la India para detener barcos contaminados.


"Arriesgo mi vida por 14 rupias [20 céntimos de euro] cada hora", cuenta Hari Narain, que trabaja separando partes de los motores de los barcos en Alang, en la costa oeste de la India, en el Estado de Gujarat. En cualquier momento puede haber una explosión, dice. "Temo cada segundo de mi jornada: sé que puedo morir y dejar a mi hija recién nacida desprotegida", asegura. Y su miedo tiene fundamento: la Organización Internacional del Trabajo (OIT) reconoce que ésta es una de las ocupaciones más peligrosas del mundo.
Justo en las últimas semanas, en los desguazaderos tres explosiones han dejado ocho muertos y cuatro hombres terriblemente quemados en la India Y Bangladesh. En las tuberías de los barcos quedan muchas veces residuos de combustibles que estallan al ser cortados con soplete. Pero hay muchos otros riesgos: de asfixia en los espacios confinados o de que se rompan los cables que se utilizan para tirar los trozos de metal hacia la arena. Cuando se rompen, lo hacen con tanta fuerza que pueden cortar la pierna de un hombre o matarlo.
Los obreros también han caído a veces de las decenas de metros de altura que tienen los buques o han muerto aplastados por los trozos de acero que se desploman. Otro accidente menos aparatoso, pero del día a día, es lastimarse los pies con los metales cortantes que están en la playa. La exposición a materiales peligrosos, como amianto o metales pesados, les va causando enfermedades silenciosas.
A nadie le importa esta gente, denuncian los activistas. Se sabe que mueren cientos, pero no hay ningún estudio fiable u oficial de las muertes o accidentes en los cementerios de barcos: a los dueños de los desguazaderos les conviene esconderlos. No llevan registro de cuántas personas hay en cada lugar y muchos de ellos son migrantes. "Hay una tendencia de esconder los cadáveres, mandándolos cuanto antes a su casa, enterrándolos urgentemente, y antes incluso los tiraban al mar", cuenta Muhammed Ali, reconocido activista de Bangladesh.
Unos 40,000 hombres trabajan en los desguazaderos de la India y 25,000 en los de Bangladesh. Su miseria es lacerante, incluso si se compara con parámetros de esos países. A pocos metros de los desguazaderos en la India hay un poblado chabolista donde viven. Cientos de personas comen, se bañan y defecan en la calle.
Vinod Chaudry se avergüenza de que no tiene nada que dar a los visitantes. En su casa, un cuarto de tres por tres metros hecho con retazos desiguales de barcos, no hay nada. Ni luz, ni electricidad, ni agua corriente, ni desagüe. En el vil suelo de tierra sólo se ven un par de platos -para cinco personas-, un litro de aceite a medio acabar y un tomate. En la noche, sólo un plástico extendido será su "cama".


Como la gran mayoría de sus compañeros, Vinod ha emigrado de otro Estado más pobre a trabajar aquí. La única recompensa es la sobrevivencia: en su lugar de origen ganaba aún menos dinero. "Sufrimos mucho, en condiciones terribles, pero ¿qué podemos hacer?", dice. Al menos, él vive con su familia, porque la mayoría la tiene que dejar en su pueblo. Si se permitiera tener un anhelo sería que su hijo de 12 años siguiera estudiando. Pero es imposible. Allí sólo hay una escuela primaria y el dinero que necesitaría para mandarlo fuera no puede ni imaginarlo. El ambiente es de desolación, recuerda a la vida de los mineros de Germinal de Émile Zola.
En la India tienen un sindicato -en Bangladesh, ni eso-, pero afirman que no se atreverían a organizarse para pedir un sueldo fijo. La policía vendría a apalearlos por orden de los dueños de los desguazaderos. Viven con la constante amenaza de ser despedidos y aunque ganan una miseria, que va entre 1 y 3,2 euros al día, su vida depende de ella. "Este dinero no sirve ni para un solo hombre, menos para una familia", cuenta Vinod, que, como todos los trabajadores, sólo acepta dar su testimonio si no se pone su nombre real ni en qué desguazadero trabaja.
Muy poca gente se atreve a criticar a los desguazaderos. El investigador del medio ambiente Gopal Khrisna asegura que sus dueños han ido amedrentando a los activistas. Las playas están cerradas a todo escrutinio público, especialmente para la prensa, y Krishna advierte a la periodista y al fotógrafo de que tengan siempre las maletas hechas "en caso de tener que salir corriendo".
"Las condiciones son de explotación. Las facilidades médicas son insuficientes e inadecuadas. Sólo en algunos desguazaderos se les da equipo y, en todo caso, es muy básico e insuficiente. En ningún caso se proteje contra el amianto", explica el director ejecutivo de la Federación Internacional de Trabajadores de las Industrias Metalúrgicas (IMF), Rob Johnston. Las compensaciones por muerte o accidente no se dan completas, si se dan. Aun así, la industria apela que, al final, los desguazaderos significan empleo para miles de personas.
"Esta gente tiene trabajo y la paga está de acuerdo con los salarios de la región: tristemente, las condiciones son las mismas en toda la India", argumenta Pravin S. Nagarsheth, el dueño de un desguazadero y muy influyente en la India, pues fue el presidente de la Asociación de Desmanteladores de Barcos. Aunque es muy elocuente cuando recuerda orgulloso que fue uno de los "pioneros" que trajo la industria al sur de Asia, calla cuando se le pregunta si ha visto cómo viven los trabajadores.
El inquieto anciano defiende su industria porque es "necesaria para el medio ambiente. Cuando un barco queda en desuso, no hay opción: hay que desmantelarlo o hundirlo en el océano, lo que contaminaría más". Aunque reconoce que el manejo adecuado de materiales tóxicos no puede hacerse en la playa. "Los bastardos de la Unión Europea no quieren responsabilidad para nada: ellos deberían exigir a los dueños que limpien los barcos antes de enviarlos a desmantelar".
En las playas, entre los cadáveres de los barcos, un insistente olor a petróleo pica la nariz, y no es raro tropezar con tuercas con la circunferencia del tamaño de una pelota de fútbol o hélices del doble de alto que un hombre. Aquí quedan las toneladas y toneladas de residuos que llegan con los buques. Por ejemplo, alguno podría tener hasta 100 toneladas de pintura, que contienen plomo, cadmio y arsénico. Los petroleros tienen, además, 1,000 metros cúbicos de petróleo residual, que han ido dejando negra la arena.
"Nada de los tóxicos es manejado correctamente. Se escapan, o se tiran al mar o a las costas, o se queman sin control. Algunos materiales incluso van al mercado de segunda mano", explica la directora de Platform on Shipbreaking. En la India, el amianto se usa para fabricar unas cocinas que se pueden comprar en la calle. En Bangladesh se revende a los fabricantes de muebles o constructores, y los aceites y el petróleo, a las ladrilleras, explica el responsable de la coalición en ese país.
Este desastre ambiental y humano no cesará, al menos, en los próximos años. Y, además, hay un gran debate de si alguna vez lo hará. Una convención acordada en mayo por la Organización Marítima Internacional (IMO), agencia de la ONU, pedirá a sus firmantes que el exportador haga un inventario de los residuos tóxicos y que el receptor cumpla con las instalaciones adecuadas.
Pero no prohíbe ni condena el desmantelamiento en las playas. "Es la práctica que predomina en una industria que da una solución a los barcos que terminan su vida y, además, trabajo a decenas de miles de trabajadores", dice la portavoz de la IMO, Natasha Brown. Asegura que se debe operar con lo que es "práctico y realista".
Los activistas condenan esta convención como "un chiste: designado por la industria naviera para continuar enviando su basura a otros lugares", dice el representante de la ONG BAN. La implementación dependería de países como Bangladesh o Tuvalu. Temen que termine suplantando la idea del convenio de Basilea, donde el desecho adecuado de los residuos es responsabilidad del contaminador.
Por ahora, cada vez más buques viejos siguen llegando a las playas. Con la crisis económica y la bajada de los fletes, sus dueños prefieren venderlos. Los desguazaderos están rebosantes: no se alcanza a ver el final de los barcos, uno tras otros formando un skyline de más de 10 kilómetros. Al menos 200 barcos en la India y 70 en Bangladesh. A unos cientos de metros de la playa, otros buques hacen cola esperando su final.
*Con la crisis económica, los desguazaderos están rebosantes. no se alcanza a ver el final de los barcos
*los trabajadores acarrean las pesadas planchas con caras curtidas por la resignación de una vida sin futuro
*Arriesgan su vida por 20 céntimos la hora. La oit reconoce que es una de las ocupaciones más peligrosas del mundo
*En la india, a pocos metros de los desguazaderos, viven cientos de personas que comen y defecan en la calle
Fuente: El País

"Si se liberaliza apertura de centros comerciales será la defunción del textil"

"La crisis nos ha obligado a recortar personal hasta un nivel exageradamente alto"
Rafael Pérez es gerente de la firma viguesa de ropa interior de mujer Selmark y presidente de ATEXGA, organización que cuenta con más de 40 empresas asociadas que emplean a 5,000 trabajadores y facturan más de 450 md€.


Vigo, España, 27 de septiembre del 2009.- La industria textil gallega está en una encrucijada. Después de veinte años de “reconversión”, las empresas afrontan una crisis sin precedentes que ha reducido las ventas hasta un 40% y enviado al paro a cientos de trabajadores. A esto se suma la “amenaza” de la nueva Ley de Ordenación del Comercio Minorista que se está debatiendo en la Xunta, y que podría poner en peligro a los pequeños establecimientos “multimarca” a través de los cuales el 90% de la moda gallega distribuye sus prendas. Rafael Pérez González, presidente de Atexga, describe para FARO la situación actual de esta industria y sus perspectivas de futuro.
–El textil gallego ha pasado por varias crisis a lo largo de los últimos veinte años, ¿cómo les está afectando la actual?
–El textil lleva en reconversión bastantes años. Quizá la entrada de España en Europa y sobre todo el ingreso de China en la Organización Mundial de Comercio (OMC) fueron dos momentos clave para la evolución de esta industria. Cuando entramos en Europa se inundó el mercado nacional con producto extranjero y hasta esa fecha muy pocas empresas españolas habían salido al exterior. Nuestro mercado se volvió más pequeño y duro. Después, la entrada de China en la OMC amplió los lazos de intercambio que ya existían entre Europa y Asia. Pero si hasta ese momento se hacía de una manera solapada, a través de grandes distribuidores, con un producto no muy evolucionado, la irrupción de China en la OMC abrió totalmente las puertas.
–Pero ésta no es una crisis sectorial.
–Pero sí es cierto que al textil, desde el momento en que muchos productos se compraban por impulso, nos ha afectado de forma importante. Hemos pasado de estar viviendo un momento dulce porque los clientes consumían por antojo a una caída importante de ventas. Esa compra por antojo representaba alrededor de un 40% de la demanda, y si a esa bajada de facturación le sumas la entrada de un producto externo muy barato de China y el continente asiático, el daño es grande.
–¿Cuánto ha bajado de media la facturación de las empresas?
–La cifra que barajamos en el sector está entre un 20% y un 40%.
–A esto hay que añadirle el problema de la financiación, ¿no?
–Cuando cayó la demanda pero tú estabas con una política de expansión, y quien dice tú quiere decir todos los componentes de la cadena textil, desde el comerciante al que fabrica las telas, nos cogió a todos con poco fuelle financiero. El primero en sufrirlo fue el comerciante, porque de repente tenía un montón de pedidos, un stock tremendo en la tienda y no tenía clientes. Obviamente el comerciante trasladó el problema al fabricante, porque dejó de pagar y de comprar. Y ahora el fabricante está en la misma situación: con un stock alto, unas fabricaciones en curso bastante elevadas, y además deja de vender la siguiente temporada. Es un círculo vicioso. No hay ingresos pero los gastos se mantienen.
–A nivel de empleo, ¿qué repercusiones ha tenido esto?
–Hubo una sobrereacción. Primero en el comerciante, despidiendo personal. Después en el fabricante, haciendo exactamente lo mismo. Hasta un nivel exageradamente alto. Pero es que no sabes qué volumen de personal vas a necesitar en el futuro, pero el que precisas en el momento es bajísimo. No hay medios para imaginar cómo va a evolucionar esto y prefieres curarte en salud y recortar personal. ¿Qué está pasando ahora? En los meses siguientes las aguas volvieron un poco a su cauce, la sobrereacción se ha ido atemperando y las empresas se han adecuado mejor a las necesidades reales. No me refiero tanto a generar empleos como a frenar el recorte de personal. Ya no hay despidos, pero sí muchos EREs temporales, y en los próximos meses veremos.
–¿Qué opina el sector de la Ley de Ordenación del Comercio Minorista?
–-Nosotros tratamos de sentar opinión dentro de esta ley, por una razón: las empresas gallegas, en general, venden normalmente a través de comercios multimarca. No en todos los casos, pero sí una gran parte. Esta norma, que lo que vienen es abrir más el mercado, nos preocupa. Porque quien ocupa los emplazamientos en los centros comerciales son las empresas cuyos productos proceden de fuera de Galicia. Si queremos defender el empleo que tenemos aquí, fomentando la apertura de estos centros difícilmente podremos hacerlo. Por la estructura de gastos que tiene una gran superficie difícilmente podremos estar presentes. Salvo que fabriquemos todo, y no una parte, en Asia. Y ya no hablamos de Marruecos o Portugal, sino de Asia, porque los costes de producción para mantener una tienda de esas tienen que ser tan bajos que sólo produciendo en Asia sería posible. Si de una manera ciega fomentamos la liberalización absoluta del comercio será nuestra defunción. En los centros comerciales difícilmente podemos encontrar una prenda fabricada en Galicia.
–¿No sería conveniente bajar los precios? Las grandes cadenas han escogido esa vía.
–La generación de marca es el elemento fundamental para subsistir en el futuro. No creo que las empresas gallegas estén subiendo los precios. Lo que sí estamos es intentando que la marca sea el primer elemento diferenciador. Quien no tenga marca está condenado al fracaso. Si bajas el precio, tienes que hacer un producto más sencillo, y por tanto, muy parecido al de tus competidores. Puedes perder tu identidad de marca, y si la pierdes, perderás a ese cliente que te es fiel. Si un cliente no te valora por tu marca sino por precio, siempre habrá alguien más barato que tú.
–¿Les preocupa la irrupción de empresas como Primark?
–Primark, que fabrica en India, Bangladesh y otros países económicos, con un producto barato pero muy sencillo, va a competir con Carrefour, Alcampo… Y de eso hay muchísimo. Meterte ahí es un suicidio.
–¿Cómo tratan las empresas de reforzar esa imagen de marca?
–Gastando dinero. Otra cosa no hay. Hace unos días hablaba con directivos de El Corte Inglés que me decían que las empresas que tendrán éxito son aquellas que han invertido dinero para generar marca. Y para hacer eso la única vía que hay es la publicidad. Podrá ser ésta más o menos ingeniosa, pero no hay grandes milagros ahí. De la manera que sea, montando tiendas que generen marca, vía revistas, galas, desfiles… Y sobre todo fomentando la fidelidad de tus clientes. Si no lo consigues estás más sujeto a los vaivenes de precio, y el precio es una competición durísima.
–El textil ha disparado sus exportaciones este año. ¿Se debe exclusivamente a Inditex?
–Básicamente. Los demás no hemos hecho grandes alardes en el exterior, y la situación del euro lleva varios años afectándonos muchísimo.
Fuente: Faro de Vigo