Madrid, España, 17 de abril del 2010.- El futuro de la globalización, la gestión de la crisis financiera y las relaciones entre el dragón y el águila (China y los EU) son los factores determinantes de la sociedad internacional en estos primeros meses de 2010.
Aunque, en la reciente cumbre de Washington, el presidente Barack Obama describió el riesgo de terrorismo nuclear como la principal amenaza del siglo XXI, las respuestas aprobadas no se corresponden a la retórica: un poco más de presión sobre Irán, nuevas ofertas a Corea del Norte, 10 millones de dólares para recoger materiales peligrosos de los arsenales peor defendidos…
El 2 de febrero, el almirante Dennis Blair, director del Centro Nacional de Inteligencia de los EU, presentó en el Senado su balance de riesgos y amenazas. En un resumen publicado de 47 folios, la crisis económica y financiera, la gran amenaza de 2009, se ha sustituido por “una combinación de Estados, redes terroristas, grupos criminales organizados, individuos y otros actores cibernéticos con diferente capacidad de atacar elementos de la infraestructura informativa estadounidense para la recogida de inteligencia, el robo de la propiedad intelectual o alteraciones de distinta clase…”.
La convergencia de redes y la concentración masiva de datos sobre usuarios en manos de unos cuantos servidores aumentan peligrosamente la vulnerabilidad de los mejores sistemas, públicos y privados, de seguridad. El choque entre China y Google es sólo un ejemplo, por grave que sea, de sus consecuencias.
Las grandes potencias disponen ya de divisiones de contraespionaje cibernético, pero es imprescindible, para ser eficaz, la unión de los sectores público y privado, y una cooperación internacional mucho más estrecha contra los nuevos enemigos.
La globalización no ha muerto, pero sus principales beneficiarios, China y los EU (el primer acreedor del mundo y la primera potencia mundial), empiezan a reconocer la necesidad de limitarla con controles más eficaces. Las reuniones del G-20, la cumbre del cambio climático de Copenhague y el reciente encuentro de Washington han demostrado la imposibilidad de avanzar en cualquier frente internacional importante sin un acuerdo previo entre Washington y Beijing.
Foto: EfeComo advertía Fareed Zakaria, ex director de Foreign Affairs y jefe de internacional de 'Newsweek', en uno de sus últimos libros, “el crecimiento económico y la globalización (…) han otorgado a Beijing poder para una confrontación militar y política” con el resto del mundo, pero “la realidad de un mundo globalizado obliga a los EU y a China a una alianza que la pura geopolítica mundial nunca podría aceptar”.
Difícil paradoja, cuya solución condicionará, más que cualquier otro factor, la vida internacional en el segundo decenio del siglo XXI. La tensión entre el dragón y el águila (el llamado G-2) es inevitable. Cómo la gestionen determinará sus relaciones futuras y la paz del mundo.
Con un PIB agregado de unos 18 billones (con b) de dólares (13 billones y medio si contabilizamos sólo el de la eurozona, frente a los 14 billones de los EU) y 500 millones de habitantes, la Unión Europea es el único jugador estratégico capaz de competir con el G-2.
El Tratado de Lisboa, en vigor por fin desde el 1 de diciembre, facilita ejercer ese rol de forma más eficaz, pero estamos todavía muy lejos de la integración política necesaria para que la primera potencia comercial y humanitaria del mundo sea también la primera potencia diplomática.
Fuente: El Mundo |